Armagedón

«¡Aquí!», le gritó Jubal.

Pul logró llegar agitado a la esquina. En tres días no había encontrado a su familia, solo a Jubal. Fuego y humo oscuro era la única presencia en la ciudad. Bueno, no la única…

«Era como Mahoma. Pero no uno, si no cuatro, cabalgando en inmensos caballos, y una gran inundación que viene detrás», dijo Pul con respiración entrecortada.

No había sido ni la corrupción ni el libertinaje lo que desató la furia final. Fueron los minipigs.

Finalmente había llegado el apocalipsis. Pero no uno.

Cada armagedón, de cada religión. Todos al tiempo.