Color blind

Al tercer año en la isla comencé a perder parte de la visión. Era de esperarse y el proceso inició sin sorpresas: la acromatopsia iría fracturando, muy lentamente, la comunicación entre las células fotorreceptoras de mis ojos y mi cerebro.

A algunos el proceso los enloquece; pero adiosgracias gocé de la curiosidad suficiente para observar sin pánico cómo los colores primarios, el rojo, el verde y el azul, se iban yendo uno a uno. Primero se fue el rojo, llenándome de una sensación fría, como de madrugada perpetua. Era hermoso, pero “lo hermoso deja de serlo cuando dura tanto: entonces se instala en el alma y solo se nota cuando se va”.  

Lo anoté exactamente así en mi libreta.

La ida del color verde fue terrible: todo lucía plástico, de mentiras. “Ahora siento que cada cosa que toco, cada flor o fetidez, cada charla, cada sorbo de agua es falso”, anoté.

Un par de años duré viendo todo en blanco, gris y negro: la enfermedad se había instalado al fin. Acaricié la idea de ser feliz a pesar de no poder ver ningún color, pero fue un espejismo.

Ella me sacó de allá y me trajo de vuelta.

“Volvió el rojo, solo”, fue lo que anoté en el corto periodo de conciencia que le siguió a esa horrible sensación, antes de mi partida de la isla.

Y, sin que aún entienda por qué, también trajo consigo los colores. Con ella y mi salida de la isla, lo hermoso volvería en cualquier momento.

“La vida al fin se acomodará”, fue mi última anotación.