Gabo: legado mágico

Las palabras que se puedan escribir sobre Gabo corren el riesgo de no hacerle justicia, pero es menester intentarlo. Muchos colombianos crecimos con sus letras, nos confundimos con la cantidad de Aurelianos que aparecían de la nada (mi mamá dibujó un árbol genealógico en la tapa del libro para que no me embolatara con semejante enredo), nos enojamos con Fermina por casarse y nos desesperamos junto con el coronel por el cheque retrasado.

Y es que este hombre lograba generar sentimientos a partir de sus escritos como muy pocos otros: desprecio (a Rosa Cabarcas, quien le da un sedante a Delgadina para que pudiera compartir la noche con un nonagenario), impotencia (como a pesar de lo anunciado, los hermanos Vicario encuentran su víctima), rabia (cuando Diana Turbay recibe ese cobarde tiro por la espalda), admiración (como en la ascención a los cielos de Remedios La Bella) y estupor (con el soberbio final de Cien Años de Soledad). Gabo era, así visto, un extraordinario manipulador de sensaciones que llevaba como una montaña rusa párrafo a párrafo.

El Gabo político era otra cosa: amado por muchos, odiado por otros. Pero al juicio de la historia esta será una faceta anecdótica de su vida, porque sea cual fuere su filiación la grandeza de su obra siempre prevalecerá… así como no podemos juzgar a un futbolista por ser mal dentista, mal nos quedaría juzgar a un maestro de la prosa por ser estadista.

Afortunadamente para los que quedamos, el tiempo está de nuestro lado: [pq]aún no es tarde para darle una oportunidad a una obra de García Márquez si no la hemos abordado aún[/pq]. Si aún nos es ajena la magia de las mariposas amarillas, podemos pagarle a Gabo el peaje al mundo del realismo mágico iniciando por el primer párrafo de su obra cumbre, donde nos mete el cuento de que existe un lugar llamado Macondo, de creación tan reciente que las cosas carecen de nombre y que para mencionarlas hay que señalarlas con el dedo.

Es por eso que las palabras para escribir sobre Gabo no le hacen justicia, porque nos deja señalando con el dedo sus libros cuando alguien pregunta en qué consistió su grandeza, porque se fue justo antes de que en Macondo inventáramos las palabras para describirlo.

Paz en su tumba.