El antídoto para los anti-todo

Puedo afirmar que soy adicto a las opiniones contrarias a las mías. Sin que sea una autodefinición por la cual viva, me expongo sin perjuicios a toda clase de opiniones… políticas, económicas, técnicas (en mi área de trabajo), religiosas, etcétera. De alguna forma, nací con el chip de la zona-de-comfort-del-pensamiento averiado, por lo que no me inscribo en un «ismo» sin la secreta intuición de que seré catalogado como un traicionero por mis correligionarios, copartidarios o coloquesearios: si hoy escucho al cristianismo, mis oídos no se cierran al islamismo, budismo, agnosticismo, ateísmo o incluso peor, al pastafarismo (búsquelo en Google… se va a reir mucho).

Para una opinión… otra opinión

Le he logrado encontrar méritos tanto a los postulados de la derecha radical, como a su antípoda mamerta, para luego comentar sorprendido su enorme parecido. Y así con el resto de opiniones en la vida: debes correr para vivir, pero si corres mucho te dañarás las rodillas; debes ser vegano para no agredir a ninguna forma de vida animal, pero la falta de proteína animal te debilitará; ahorra agua y sé consciente del medio ambiente, pero da igual que lo hagas ya que las grandes industrias de alimentos son las que lo han devastado; la industria farmacéutica es el diablo que solo quiere ganancias a costa de nuestra salud, pero son los únicos que invierten en investigación y desarrollo en esa área.

Al parecer, [pq]inscribirse en una opinión nos implanta un imperativo moral de ser anti-todo lo que se le oponga[/pq], y deja en ceros la probabilidad de revisar los fundamentos que dieron génesis de dicho pensamiento. Cuestionar y replantear son verbos que parecieran inconjugables en primera persona, y solo son aplicables para los criterios de los demás. Ahí nuestra vida no se convierte en ser soldado apasionado del remedio o del antídoto, sino del atacar lo que se le oponga, ser antitodo. Y el trecho de uno al otro es bien, bien corto: para defender una causa nos empeñamos en atacar las de los demás, y una vez matriculados en una escuela de pensamiento, devolverse es muy difícil. Cambiar de opinión es impensable y sinónimo de debilidad, y en el peor de los casos, deja al valiente hereje como un trofeo de quien logró generar dicho cambio, y nueva diana de tiro para los abandonados, quienes le lapidarán al grito de «voltearepas» y «sin carácter».

La ignorancia nunca usa signos de interrogación

Las redes sociales, en donde las hormigas andan con megáfonos, amplifican la voz de quienes están en desacuerdo con todo, y tanto ruido nos impide escuchar la de quienes presentan ideas para solucionar las cosas. Y esa es la práctica que deberíamos abrazar: escuchar a quienes enunciaron originalmente dichas ideas, o a quienes las robustecieron con planteamientos novedosos. Si le cae mal el plantemiento derechista-católico, lea a Josemaría Escrivá; muy probablemente le seguirán cayendo mal sus seguidores, pero entenderá por qué tiene tantos. Si le da carranchil el mamertismo-pro-paz, busque el Foro de Sao Paulo para entender por qué la derecha le tiene tanta tirria. Usted podrá decidir cuál es de sus afectos, pero por lo menos estará informado de las ideas reales que dan pié a tan enconados enfrentamientos, y así verá que tanto meme e frases ridiculizadoras en las redes sociales son una sobre-simplificación de la realidad que no le hace bien a ningún debate civilizado.

La mejor manera de ganar un debate es practicar lo que en algún tiempo hacían los sofistas: estudiaban a fondo las ideas de su contrario, hasta el punto de poder defenderlas en cualquier debate público y solo cuando podían hacerlo se sentían preparados para defender sus propias creencias. Y es que opinar sin sustentar es especular, así que el conocimiento que viene de la duda y del escuchar otras voces es extremadamente útil. [pq align=»left»]La ignorancia está llena de certezas y la sabiduría llena de dudas[/pq], dice el adagio popular, y no podría ser mas cierto en nuestra época en donde se puede vertir cualquier pensamiento en un teclado sin compasión de decenas (o de las miles) de almas que lo registrarán en su base bien limitada de certezas sin que ningún pensamiento crítico medie.

La sabiduría es un plato que se sirve frío

Escuchar otras opiniones debería ser catalogado como un deporte, incluso. Nos pone a mil el corazón que palpita violentamente mientras el cerebro busca desesperadamente en la razón para refrenar ese impulso asesino que nos impele a ahorcar a quien piensa semejante cantidad de cosas contrarias a lo nuestro.

Pero una vez se nos estabiliza la respiración, puede que algo de lo que escuchamos (o leímos) nos haga revisar, verificar, o incluso (oh blasfemia) cambiar nuestra opinión. Y eso no es tan malo, lo aseguro.