De mi profe de piano o del por qué para enseñar es necesario entrenarse en aprender

Hace un par de semanas mi hija recibió un pequeño piano de cumpleaños. Contraté a un profesor a domicilio por recomendación de los mismos vendedores del aparato. Lo que me sorprendió fue lo económico (menos de la mitad de lo que se paga regularmente).

Me antojé, entonces le pedí que me diera clases a mí también.

Y la razón de lo económico quedó claro en su primera clase: el muchacho (muy talentoso, por cierto) no cuenta con método pedagógico claro, a pesar de su excelente actitud. No es profesor: es músico.

Sin embargo, insistí en seguir con sus servicios, no solamente porque me cayó muy bien, sino porque me ha servido para entender qué se puede hacer y qué no en estos procesos de enseñanza.

Mi profe (así le digo, aunque le llevo como 15 años) no da teoría sino que la enseña desde la práctica. Me gusta eso, pero no me permite deducir “el siguiente paso” porque no tengo las bases teóricas suficientes.

Mi profe da por sentadas muchas cosas respecto a mi formación musical (bastante pobre, por cierto). Así, explicaciones como “aquí ponemos 5 en Do porque el Sol disminuído hace parte de la escala mayor de esa tonalidad” me suenan a sánscrito. Pero gracias a Wikipedia y al Piano Lessons de mi iPad he podido descifrar algo.

Pero mi profe me mantiene motivado. Cada ejercicio es más difícil que el anterior, cada explicación que no entiendo enciende mi “investigador googlelístico”, y cada error pedagógico suyo añade un punto más a mi “lista de no-lo-hagas” para mis conferencias y clases.

Creo que los mejores maestros que he tenido han sido los que me han enseñado a aprender. Mi profe de piano es uno de ellos.