La Hora de Le Sidaner

“Las obras de Henri Eugène Le Sidaner parecían pintadas todas a la misma hora, aprehendiendo la atmósfera como un daguerrotipo a distintas luces con la figura recurrente de una mujer. Su obra se siente como si hubiera puesto cien lienzos alrededor del mundo al tiempo capturando el espíritu melancólico y sereno de la hora. Lo que quiero decirles hoy es que si él podía hacer eso con una paleta de pintura hace doscientos años, ustedes no tienen excusa para hacerlo con esas mega cámaras digitales con las que cuentan hoy.”

El mentor terminó su exposición frustrado. No esperaba mucho de ese juvenil grupo de estudiantes que no se hablaban sino que parecían comunicarse sólo a través de los dedos.

–Profesor… ¿por qué dice que la mujer no aparece en todas las obras? – preguntó una de ellas, de cabello crespo rubio, mientras miraba curiosa el material que había llevado el profesor.

–Porque aparece en unas y en otras no – suspiró el maestro casi fastidiado.

–Está equivocado. Mire –respondió la joven mostrándole los viejos lienzos que había llevado el profesor para ilustrar a sus alumnos. Efectivamente, ahí estaba la mujer en cada uno de ellos, incluso en los que no aparecía hacía unos minutos. Se veía divina.

Entendió, por fin, que lo que el pintor francés había hecho era regalarle a la fiel y puntual mujer un paisaje, una campiña, una atmósfera. Siempre serena, siempre melancólica, y siempre a la misma hora. Después, ella desaparecía de los lienzos.

El profesor miró su reloj y sonrió. Era la hora.