La peor droga

Tiene razón, señora, soy muy joven para tener tanta fortuna. ¿Qué haré con ella? Francamente no tengo idea. Apenas gané el premio de la lotería, me consumí en el frenesí orgiástico de los placeres, como cualquier ser humano que no esté en sus cabales lo hubiera hecho: sexo, drogas y alcohol me han acompañado estos meses. Ya no tanto las drogas, porque descubrí que su factura en mi cuerpo era mas costosa de lo que mi recién adquirido dinero podía pagar: las resacas eran morales y la depresión me podía matar, lo cual era un desperdicio horroroso de tantos millones de euros en mi cuenta. Pero sexo y alcohol sí. Y mucho.

Pero en mis ratos de sobriedad logro vislumbrar que aun soy ignorante, mi cerebro no está listo para comprender todo lo que hace quien vive con tanto poder. Porque ese fue el primer descubrimiento: el dinero me daba poder, y no solo para mandar o solicitar lo que se me antojara, sino para ganar respeto. A nadie aquí le importa que apenas haya terminado el bachillerato, y nadie preguntó por mi formación en apreciación del arte cuando me llevé ese gran telar de Miró para decorar el patio posterior de mi casa en las baleares, y nadie cuestionó mis razones para hacer esa donación a la Fundación de Carniege con la cual ganaré acceso eterno a su sala de conciertos. Solo el dinero. El dinero me dio poder. Porque ahí, en esos salones de cocktails, había dinastías que contaban con la mitad de mi chequera, y me miraban con respeto. Respeto, imagínese usted.

Soy ignorante y mi cerebro no entiende mucho de lo que está sucediendo a mi alrededor, pero tengo la certeza de que están sacando provecho de mí, más del que se debería, teniendo en mi cuenta mi origen humilde y los rimbombantes estudios de mis asesores. ¿Sabe por qué?

Por las drogas. Ya le había hablado de ellas, señora, las que mi cuerpo no pudo recibir. En este mundo en el que ahora vivo, hay una droga que es peor, y a esa me da miedo sucumbir, porque en estos cortos meses he visto a muchos consumirse en ella.

Es la corrupción.

Se les ve en la cara, en sus ojos inyectados en las noches de reuniones sociales; los síntomas son clarísimos para mí, pero debe ser porque soy recién llegado: la boca pastosa, una mueca recurrente en la comisura de los labios, risas frenéticas que interrumpen el sonido de las bandas de salón… esa droga es la que consumen todos alrededor mío, y quiero conocerla, quiero saber de ella, quiero saber si debo tenerle miedo. Tengo mis reservas porque fui criado con otros valores, pero si eso no le importa a nadie, por qué a mí. Sospecho que debe ser más poderosa que muchas de las que he probado este tiempo, así que voy preparado.

Ya tengo el dinero, y unos escrúpulos inexistentes: creo que ya estoy preparado para la corrupción.