Lapérouse III – Zoológico de Gente

Querido hijo…

No imaginas cuánto te extraño, pero lo feliz que me hace saber que estás lejos de este lugar. Tengo hambre, y ahora que llega el otoño, me preparo para tener mucho frío.

Mis heridas no han sanado a pesar de las curaciones de barro y sal que me hace mi compañera de celda. No sabe francés, lo cual hace un poco difícil la comunicación, pero ya hemos logrado hacer nuestra parte de la función sin que se note.

El Conde abre todas las mañanas el zoológico de gente, y disciplinadamente hacemos nuestro papel: vestidas como nativas africanas, bailamos y danzamos dentro de nuestra jaula para hacer las delicias del público.

Tengo hambre.

Ayer, en medio de una de las danzas, perdí una parte del atuendo y un niño gritó horrorizado al ver las heridas putrefactas en mis piernas. El castigo fue dejarme sin comida, quién sabe hasta cuando.

Mi hijo amado, mi Aibu, mi pequeño gigante: cómo te extraño.

Recibí tu nota, y te contesto: no te quedan dos, sino tres. El Conde mencionó a otro involucrado en el complot contra el rey. Tengo su nombre grabado, y sé que es el tercero.

Tengo hambre, me duelen mis heridas, y no sé si estaré para cuando llegues, pero solo saber que estás vivo y consumando el plan me hace tener ganas de vivir.

Todo esto quería decirle Kubakwa en su carta de respuesta, pero como no sabía escribir ni su compañera de celda sabía suficiente francés, lo único que le pudo responder fue:

“Vuelve vivo.”


Nota: este cuento es una secuela de otros anteriores sobre el Conde de Lapérouse.