Manejar ebrio: good call

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El agente de policía respondió al llamado cuando le asignaron el accidente de la calle 42. Al llegar vio un auto destrozado con su única víctima fatal, el conductor, sosteniendo en la mano derecha una botella de alcohol.

Que salió hace unos minutos del bar de la esquina… que armó una pelea… que es vecino de la zona… que perdió su empleo hace años y vive del seguro… parece que se llama F… es una escoria social… pobre niña que lo espera en casa. Esos y algunos más fueron los testimonios que recogió el agente. Decidió que su lugar no era ahí, y se dirigió a la dirección del muerto.

“Ábreme, nena”, dijo el agente a la pequeña niña, hija del occiso. La casa estaba en ruinas, con basura hasta cincuenta centímetros del suelo; la niña, de unos seis años, se abrió paso entre la suciedad para abrir la puerta. Su cara tenía moretones. Evidentemente, estaba desnutrida.

Era increíble, pensó el agente, que borracho como estaba, F había tomado la mejor decisión para él y para su hija al salir a conducir en su estado esa noche.