Veinte años de sueño

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En la renegociación de términos (pactada cada tres milenios, como bien se sabe), los dioses y los hombres no se llegó a ningún acuerdo. Los últimos decidieron no ceder en el libre albedrío, otorgado en el concilio anterior; por ello los primeros cambiaron, como era su derecho, el mecanismo de la muerte.

Hace dos eras el hombre vivía centenares de años, pero con dioses encarnados. En la última era, con ellos confinados a la bóveda celeste y al tártaro hirviente, el hombre vivía menos pero con arbitrio sobre sí y el mecanismo de muerte era la mera casualidad o la implacable causalidad.

La negativa a ceder fue castigada por los dioses con un mecanismo cruel, aunque creativo: el hombre podría dormir solo veinte años desde que nace hasta que muere. Al finalizar ese plazo, cerraría los ojos para no despertar, y solo una inmensa nada le esperaría, sin importar si se portaba bien o mal en los periodos de vigilia.

Como bien se sabe, esto no le salió bien a ninguna de las partes.