Quiet quitting

La renuncia silenciosa (“no ir más allá de lo que te piden en el trabajo”) era un fenómeno previsible.

La condición humana siempre buscará ir más allá, y esforzarse en aquello que da estímulo. Lo contrario también es cierto.

Fuimos ingenuos los empresarios que creímos que la voluntad era sobornable es una escala temporal tan larga. Darle más dinero a un empleado para que se comprometa sirve solo durante un tiempo, y como mecanismo de aceleración.

Pero la física de la aceleración es sencilla: no es permanente. Hasta los cuerpos que caen llegan a un máximo nivel de aceleración (gravedad, le llaman). Una vez se llega, no hay empujón que lo haga acelerar más.

No hay dinero que compre una aceleración artificial.

Este alboroto silencioso cuenta la historia de dos grupos alienados. Uno comprende a esos empleados desencantados que se preguntan qué sentido tiene trabajar hasta los huesos. La otra es una tribu menos obvia: aquellos en la élite corporativa cuya forma de pensar sobre el lugar de trabajo está amenazada.

Why the fuss about quiet quitting?, The Economist, Bartleby (2022)

La segunda tribu debe saber que debe pagar mejor el esfuerzo y el compromiso.

Los mecanismos deben renovarse. La satisfacción con el hacer y la obtención de beneficios emocionales y sociales pueden servir para suplir lo que el dinero no hace.

Si quienes lideramos equipos no hacemos nuestra parte, esa sería nuestra renuncia silenciosa.