Lapérouse

Ciento cuarenta y cuatro personas sobrevivieron a la tormenta que hundió al Lapérouse. De ellos, sesenta y dos eran esclavos africanos recién negociados (“al mejor precio que Francia ha conseguido en su historia”, alardeaba Jean Galaup, su capitán).

La Île de la Jambose, como le llamaron por el único árbol y vestigio de verde que había en sus tres mil metros cuadrados, dio alimento, sombra y sepulcro a sus habitantes. Los primeros tuvieron la fortuna de ser enterrados entre las raíces sobresalientes; otros fueron arrojados al mar, y los últimos fueron devorados por sus ahora salvajes moradores.

Quedaban veintidos cuando llegó el mismísimo Conde de Lapérouse a rescatarlos, tras dos años de búsqueda de su más preciado navío y su valioso cargamento de carne humana cautiva, del cual solo quedaba Kubakwa, una esclava que servía de depositario de simiente de veinte hombres urgentes y abatidos, y Aibu, un crío de cien padres casi todos muertos ya.

Sin alegría, subieron al navío que los regresaría a casa. A Kubakwa la  dejaron debajo del árbol de pomarrosa y a Aibu lo lanzaron al segundo día por la borda.

De ciento cuarenta y cuatro personas, veinte sobrevivieron, pero ninguno con rastros de humanidad.

Kubakwa y Aibu se volverían a ver seis años después, pero esa es otra historia.