20 Jun 2016
Veinte años de sueño
En la renegociación de términos, pactada cada tres milenios, los dioses y los hombres no llegaron a ningún acuerdo. Los últimos decidieron no ceder en el libre albedrío otorgado en el concilio anterior; por ello los primeros cambiaron, como era su derecho, el mecanismo de la muerte.
Hace dos eras el hombre vivía centenares de años, pero con dioses encarnados. En la última era, con ellos confinados a la bóveda celeste y al tártaro hirviente, el hombre vivía menos pero con arbitrio sobre sí. El mecanismo de muerte era la mera casualidad o la implacable causalidad.
La negativa a ceder fue castigada por los dioses de una forma cruel: el hombre podría dormir solo veinte años desde su nacimiento. Al finalizar ese plazo, cerraría los ojos para no despertar y solo una inmensa nada le esperaría, sin importar si hacía el bien o el mal en los periodos de vigilia.
Como bien se sabe, esto no le salió bien a ninguna de las partes.
Nota:
Según Harari, estamos a pocos años del nacimiento del primer hombre bicentenario, y antes de finalizar el siglo nacerá el primer humano amortal.
Los amortales, a diferencia de los inmortales, pueden morir, pero no a causa de la enfermedad o la edad, sino por heridas fatales o su propia mano. Es que el tema de nuestra longevidad se me hace el resultado de capricho cósmico.
¿Por qué la bioquímica de nuestro deterioro celular nos concede cien años, y no mil?
Este cuento, como varios otros de mi Asalhí, explora otros mecanismos, en un guiño esotérico in extremis, suponiendo que podríamos negociar nuestro mecanismo de muerte. Y esta es mi propuesta…
27 Jun 2016
Deseo
Creo que no han pasado más de diez años desde cuando sé que puedo leer la mente de las personas. Bueno, no leer-leer; digamos que me entero inmediatamente, al mirarlos a los ojos, de sus deseos y expectativas.
Obviamente le he sacado todo el partido que he podido, ya se podrá imaginar. Ese extraño privilegio sumado a mi nulo respeto al concepto de moralidad me ha dado fortuna, poder y sexo, en iguales proporciones. “¿Cómo puedo ser tan afortunado?”, me pregunto todas las mañanas.
Hasta hoy.
Camino a casa, acompañado de una hermosa mujer, me topé con un anciano; me pidió una limosna, y sin pensarlo le tiré un dólar en su sombrero.
“Muchas gracias, le deseo todo lo mejor en su vida”, dijo.
Lo miré a los ojos y ví que, realmente, me deseaba todo lo mejor en mi vida.
Y era una vida sin este poder.