Sin palabras

Lima, agosto de 2009. Pálido, vio que un hombre se abría paso en medios de los periodistas para increparle.

“¿Vas a pedir perdón por la muerte de mi hermano?”

Tomó un largo respiro y con vidrio en los ojos contestó:

“No. No quiero tu perdón, ni el de tu madre, ni el de nadie aquí. Un día seré llamado a cuentas por algún dios, a quien solo pediré que me deje hablar con tu hermano. Ante él me arrodillaré y tendré la eternidad para pedir absolución.”

Tel Aviv-Jaffa, enero de 1978. Un ingeniero que había sido secuestrado, abandonado en una mazmorra y olvidado por más tiempo del que un calendario puede atestiguar, contestó ante cientos de periodistas…

“¿Me pregunta qué se siente estar libre? No, no puedo contestar eso. Para expresar lo que sentí al salir y ver a mi familia es que existe la poesía. Verá usted, no soy poeta. No tengo palabras”.

La tragedia a veces exprime sabiduría donde las palabras no alcanzan.