Un gato

Tengo un gato imaginario que viene a mi casa cada mañana antes de salir el sol.

Entra por el breve alero del breve balcón de mi breve habitación, reverbera entre mis piernas, me vigila con mirada de caricia y crimen y desaparece sin aviso.

Le dejo agua, le pongo en el camino plumas que flotan sobre improvisados resortes, le alimento e intento mil formas de ganar su cariño.

Pero este gato no sabe de correspondencia ni de genuflexión, por ello parte sin cargos de consciencia.

Hoy, este autómata blando e indestructible (según estricta definición de Ambrose Bierce), que ha caído catorce veces por el balcón y ha roto mi corazón con sus partidas más veces de las que quiero contar…

Hoy, hoy el gato habló. Hoy el gato gató.

“Cualquier mañana dejaré de venir y tendrás que ver cómo hacerte salir el sol”.