Un gato

Tengo un gato imaginario que viene a mi casa cada mañana antes de salir el sol.

Es de un lugar lejano; lo sé, porque no entiende mi idioma. Entra por el breve alero del breve balcón de mi breve habitación, reverbera entre mis piernas, me vigila con su mirada de caricia y crimen, descabeza un motoso y desaparece sin aviso.

Le dejo agua, le pongo en el camino plumas que flotan sobre improvisados resortes, le alimento e intento mil formas de ganar su cariño.

Pero este gato no entiende mi idioma. No sabe de correspondencia ni de genuflexión ni de obediencia, por ello parte sin cargos de consciencia.

Pero hoy ese autómata blando e indestructible (según estricta definición de Bierce), que ha caído ya catorce veces por el balcón y ha roto mi corazón con sus partidas más veces de las que quiero contar…

Hoy, hoy el gato habló. Hoy el gato gató.

«¿Qué vas a hacer el día que no venga a hacerte salir el sol?».