El traductor

Su talento fue evidente cuando para una tarea escolar tradujo “used to love her” como “solía amarla”. “Solía” no solía usarse. No a esa edad.

Años después sustentó su tesis sobre el uso del verbo “apprivoiser” en El Principito: “no quería domesticar al zorro… lo quería atraer con cariño”.

Para una traducción de un cuento de los hermanos Grimm utilizó el improbable “contemplar” (“to gaze”) para aquel hado que acechaba a la pequeña niña del bosque.

Podía sentir el sentido de las palabras al llevarlas a nuevas lenguas. No traducía: transmitía. Di Giovanni, el legendario traductor del ciego Borges, diría que parafraseaba.

Se hizo famoso; tanto, que los autores pedían que tradujera sus obras (a cualquier idioma, no les importaba cuál) por el solo placer de volver a repetir el proceso en reversa y ver mejorada su prosa con el resultado final.

Del inglés al español y de nuevo al inglés, el texto adquiría la musicalidad de un delicioso Cervantes ebrio. Del italiano al francés y de nuevo al italiano, dejaba sentir el sabor de la magdalena de Proust.

Este texto es un ejemplo: aún le falta una traducción de vuelta para ser bello. Esperemos entonces que llegue los ojos del traductor.