13 Jul 2017
Serpientes
A los dos hermanos del conquistador los mató un rayo, como bien se les había advertido.
Mientras trasbordaban en la salina de Umakaha el oro que habían robado a los indígenas a una nave de mayor calado que garantizara su llegada a Granada, vieron el cielo abrirse y al mismísimo Teshub escupirles en la cara su trueno ensordecedor y rayo abrasador. El oro jamás llegó a manos del rey Fernando, quien al recibir la noticia se preguntó, por unos pocos segundos, si había rezado al dios correcto; minutos después se confesó arrepentido con el obispo.
El conquistador estaba en el Valle de las Tristezas cuando le dieron a enterar que a Hernán, el menor, la agonía le duró tres días, mientras el fuego alojado en su interior después de la descarga eléctrica le consumía sin prisa ni piedad. Francisco, el mayor, murió varias horas después, en medio de gritos de dolor e inmersiones en la salina para mitigar la fetidez de su carne chamuscada.
«Es el costo de las ochocientas esmeraldas extraídas. El cacique lo advirtió», le dijo Soleto, el guía expedicionario.
«Tonterías», alcanzó a decir don Gonzalo Jiménez de Quesada antes de que una expectoración sanguínea le impidiera seguir hablando. Hacía dos días había recibido la segunda picada de una serpiente cascabel, o «tatacoa» como le llamaban los supersticiosos.
«En este desierto las tatacoas abundan más que el oro. Vámonos, don Gonzalo.»
«No te equivoques. Aquí las serpientes somos nosotros».
Diez años después la lepra se le anticipó a Teshub y acabó con el conquistador. El dios del rayo y la venganza pensó que había sido un final justo.
Notas
- El Desierto de la Tatacoa es una verdadera joya de la naturaleza. El conquistador y fundador de Bogotá (protagonista de este cuento) le llamó «El Valle de las Tristezas». De hecho, esa denominación me inspiró a escribir esto.
- Espero que no se note mucho la bronca al proceso histórico de saqueo al cual fuimos sometidos en la conquista y colonización española. Decidí que mil infiernos cristianos no eran suficientes… por eso me fui por el sincretismo e invoqué una deidad hitita, Teshub, el dios del Cielo y la Tormenta.
- «Aquí las serpientes somos nosotros» es realmente una confesión en la que se me fue la mano con la ficción. No creo que jamás GJdQ haya hecho esa reflexión, porque ello requeriría de su parte algo de alma.
- Los dos hermanos de GJdQ (que recibió solo un título honorario de Gobernador de El Dorado) murieron realmente por un rayo en el Cabo de la Vela, en la mismas circunstancias del cuento (obvio, sin el dios energúmeno). Hernán le ayudó en la expedición por El Dorado (fracaso absoluto) y Francisco ayudó a conquistar Quito (con total éxito).
- ¿Qué hubiera sucedido si el rey Fernando hubiera abjurado de su filiación católica? Eso sería otro cuento, seguramente con un muy buen final. Aunque no para él.

14 Jul 2017
El Camino está marcado. Solo hay que abrir bien los ojos.
Hace algunos días terminé El Camino a Santiago. 32 días y más de 800 kilómetros desde Saint-Jean-Pied-de-Port a Santiago de Compostela, por tierras francesas y españolas. Después contaré un poco más al respecto.
El asunto es que noté mucho que en el listado de miedos iniciales de todos los peregrinos (así nos denominan, aún a los no creyentes), junto con todos los «¿y yo si podré?», «¿y si me pasa algo?», «eso es muy largo«, está «¿y no me perderé?».
Pero no hay forma de perderse. Siglos de peregrinaje han marcado cada bifurcación, cada pueblo, cada árbol. El Camino no necesariamente te llevará por la ruta más fácil, pero te asegura que llegarás. De pronto uno se desviará un poco, pero él se encargará de llevarte de nuevo a la ruta correcta.
La razón por la cual es fácil seguir las señales es porque ya sabemos a dónde queremos llegar y confiamos en El Camino, aún si nos lleva por senderos difíciles.
Y esto sirve para todo en la vida.
Relea la frase anterior y extrapole.
Algunas de las señales…