Haki

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Aeia acta est, pensó el huérfano.

En la barahúnda que sucedió al anuncio de la muerte del líder de la comuna murieron novecientas sesenta y ocho personas aplastadas, unas huyendo, otras intentando proteger el muro que los separaba de la espesa jungla de cables y mallas electrificadas que marcaba el límite seguro a partir del cual acechaban quiensabequédemonios.

Como una enorme serpiente humana la multitud empezó a abrirse paso por las calles polvorientas que ahora se veían vivas, apretadas en una masa homogénea de cabezas vociferantes, implacables.

Los guardianes del muro, aún a cientos de metros, usaban desesperados los altavoces rogando calma. Arriba un pichón de halcón peregrino observaba una masa sólida de gente ahora transformada desde esa perspectiva en una fiera pitón que se acercaba rápidamente al muro y que llegó para devorar a los guardianes, quienes se convirtieron en la primera capa humana que, como en una lujosa preparación culinaria, se recubría de una delgada capa adicional de carne para proceder a la siguiente, y luego a la siguiente y así, hasta llegar a la cresta de la pared.

El muro sobrevivió, pero junto a otros sesenta el huérfano logró traspasarlo pisando cadáveres, escalando entre pedazos irreconocibles de seres supuestamente humanos a los cuales sentía que con cada pisada, contó dos al menos, les arrancaba el último aliento, y resbalaba y volvía a levantarse pero ahora apoyando su rodilla en la cara de alguien evitando caer asiendo los dedos a una quijada abierta pero sin vida –me quiero morir, para esto no quería huir, no puede ser que ese último crujido haya sido una costilla, o fue un brazo, qué estoy haciendo pordios– al fin llegar a la cima y darse un último impulso en los hombros inertes de uno de sus compañeros de escape –que no sea Rasul, que no sea Rasul– trepar la pierna derecha en un alambre de púas oxidado para ver arriba desesperanzado las corrientes eléctricas que vivas, como fantasmagóricas áspides azules que brincaban de cable en cable y esperaban su descenso, cobraban la vida de treinta y algo, dejando unos pocos sobrevivientes que se dispersan despavoridos, horrorizados que por su supervivencia reclamaron sin querer la vida de cientos de buenos ciudadanos, y que al fin terminan muriendo de física inanición por culpa y arrepentimiento, un trauma colectivo vivido en solitario en los confines de un mundo que ya no reconocían y que detestaban por haberlos convertido en monstruos asesinos, aunque víctimas del miedo, de un pánico que nunca llegarían a justificar.

El huérfano se llamaba Haki.