Juan Fernando Zuluaga
Este es mi blog de notas. Empresario. Escribo cosas.
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Microcuento

10 Ene 2017

Ruperto

Ruperto. Ese fue el nombre que me puso mi padre, que me abandonó siendo muy pequeño. Odié mi nombre desde que entendí que a donde fuera sería una burla.

Como la primera niña que me regaló una sonrisa. Me le acerqué en la cafetería del colegio y la saludé con un breve “hola, soy Ruperto”. Su risa se amplió y dejó de ser pícara, hasta verse burlona. Entonces fortalecí mi corazón para soportar la negativa de las mujeres y su posterior mofa.

O como la primera pelea con el grandote del colegio. Me defendí  a golpes y patadas. La primera vez no salió bien, la décima sí y a partir de ahí me aprendieron a respetar.

Por eso decidí buscar al maldito que me puso este nombre.

Caminando por las veredas y recorriendo las plazas de los pueblos cercanos lo encontré. Mi padre estaba en una fonda y al verme dejó claro que sabía que venía por él. Una buena trompada fue mi “hola” y, defendiéndose de la salvaje andanada, me respondió con varios golpes.

La pelea fue fiera, sin cuartel: maltrechos y adoloridos, finalmente prevalecí. Encima de él, me apresté a dar mi golpe final.

Entonces, él dijo:

“Ruperto, yo sabía que no iba a poder estar ahí para ayudarte con la vida. Por eso te puse ese nombre que te fortaleció, que te enseñó a defenderte, a protegerte tanto de bárbaros hombres como de coquetas mujeres. ¿Ya me entiendes?”.

Tenía sentido. El truco de mi padre había funcionado: reemplazó su presencia por un nombre feo. Con eso me hizo hombre.

Eso lo pienso ahora porque en aquel momento, preso de la furia, hundí mi machete en su pecho mientras le gritaba, con ojos enrojecidos, “¡Rupertooo!”.

16 Nov 2016

El Contador Público y su actualización con Inteligencia Artificial (Parte 1)

Actualícese viene usando técnicas de Big Data y Analytics desde hace un buen tiempo

Cuando decidimos hace ya más de una década, convertirnos en una compañía de conocimiento, la tecnología y el desarrollo de algoritmos que nos permitieran comprender mejor nuestro entorno se integraron irreversiblemente a nuestra operación.

“no necesariamente cada Contador Público sabe lo que necesita, sino que nos buscaba para que le indicáramos qué necesitaba saber”Tweet This

Iniciamos, como pocos en nuestra industria editorial, recopilando de todas las formas posibles los puntos de interacción de los Contadores Públicos con el conocimiento que necesitaban para hacer su trabajo. Nuestros primeros pinitos en el tema nos permitieron saber qué búsquedas se hacían en nuestro portal, para así presentar datos más útiles. Ahí descubrimos que no necesariamente cada Contador Público sabe lo que necesita, sino que nos buscaba para que le indicáramos qué necesitaba saber. Entendimos lo fundamental que era nuestro Boletín Diario de Actualización, que a partir de lo arrojado por los «robotcitos rastreadores» (como le llamábamos en ese tiempo) descubrimos, no solamente los temas más importantes, sino cuándo eran importantes.

Corroboramos que las necesidades del Contador Público se basaban en una estacionalidad determinada no solamente por la Dirección de Impuestos y decenas de entes gubernamentales que exigen información a la empresa, sino por las necesidades variables de las grandes empresas en términos de gestión corporativa. De ahí, el primer gran cambio hace una década: enviar un Boletín Diario distinto cada día, dependiendo de lo que nuestro usuario necesitaba y estaba en disposición de recibir dependiendo del calendario.

Así, al día de hoy no solamente moldeamos la información en bloques de requerimientos gubernamentales (por ejemplo, en febrero y marzo nuestros usuarios necesitan más información sobre Declaración de Renta de Personas Jurídicas; y muchos de ellos, para poder salir de vacaciones en verano, empiezan temprano las Declaraciones de Renta de las Personas Naturales que son exigibles hasta Agosto);  también categorizamos los envíos de todas nuestras comunicaciones digitales basados en las preferencias de la mayoría de ellos: nuestros editores envían la información legal los lunes; la tributaria los martes; la de contabilidad y normas internacionales los miércoles; los jueves tratamos los temas financieros, de auditoría, revisoría y control; lo que es útil para contribuyentes primíparos los día viernes; y al final de la semana enviamos un sendo resumen para los lectores juiciosos de los domingos (que los hay, y muchísimos).

Una década después la evolución es notable.

“cada mañana hay unos algoritmos súper poderosos que estudian la interacción de nuestros usuarios”Tweet This

Con la migración de nuestros sistemas de bases de datos a un esquema no estructural más entendible por parte de las máquinas que analizan datos, cada mañana hay unos algoritmos súper poderosos que estudian la interacción de nuestros usuarios del día anterior con todos nuestros puntos de contacto, incluyendo el portal, los eventos presenciales, las compras en la tienda, las llamadas a nuestra mesa de ayuda, las preguntas en las redes sociales y un largo etcétera.

Con la información que extractan, moldean la forma como cada quien recibe nuestra información.

En poco tiempo, los Contadores Públicos van a ver esa diferencia de una forma notable: toda la información que reciban de Actualícese será la que necesite saber individualmente.

Sabemos, por ejemplo, que un colega que asesore Pymes necesita una versión distinta de las Normas Internacionales de la Contabilidad para el tamaño de las empresas que asesora; igual, las Normas de Auditoría no son para todos, y una respuesta que puede ser válida técnicamente en el contexto de un Gran Contribuyente es inaplicable en el caso de una Entidad Sin Ánimo de Lucro.

Eso lo sabemos los Contadores, pero hasta hoy, las máquinas no.

“hemos trasladado colectivamente esa información a un sistema de inteligencia artificial primario que hemos entrenado y ya nos ayuda hace varios meses”Tweet This

En conjunto, todos (incluyendo a nuestros usuarios, investigadores, proveedores y toda la cadena de suministro de soluciones que lideramos) hemos trasladado colectivamente esa información a un sistema de inteligencia artificial primario que hemos entrenado y ya nos ayuda hace varios meses, con resultados sorprendentes, en un despliegue amplio pero cuidadoso por todos los puntos en que nuestros usuarios interactúan con Actualícese.

La mejor tecnología es la que no se ve.

No será raro que al llegar a un evento nuestro un sistema le indique al acomodador que nuestro asistente prefiere sentarse en el pasillo, o más cerca al conferencista porque es usual que haga preguntas. Incluso, si tiene problemas de visión, nos indique con anticipación que debemos acercarlo más, o si lleva siempre su portátil, tenerle cerca una toma de corriente. O tampoco será lejando el día en que la Revista mensual que reciben nuestros suscriptores tenga artículos preseleccionados por el editor debido al historial de intereses que el lector ha demostrado.

La clave aquí es la precisión y la sutileza en su manejo. El despliegue general de estos sistemas toma tiempo, pero nos tiene muy ilusionados el estar cada vez más cerca de entregarle a nuestros usuarios la información más útil y más relevante, para así hacerle mejor su vida.

En otro artículo explicaré en más detalle el reto que la implementación de estas tecnologías supone frente a las necesarias normas de privacidad que deben ser preservadas.

Hasta la próxima,

 

Juan Fernando Zuluaga C.
Director Ejecutivo
Actualícese

9 Nov 2016

De la importancia de narrar historias

Hace algunos días escuché, maravillado, una historia sobre un pueblo valiente que se levantó contra la corrupción, la enconada lucha que libró y la heroica victoria de su gente. En la narración viajé por mar, río y selva con discursos, argumentaciones, arengas y cantos invadidos de desazón, orgullo, miedo y esperanza.

La historia no la reproduciré yo, porque no es mía, y algún día seguramente será contada. Pero me reafirmó la importancia de aprender a narrarlas.

De adolescente me impresionó aquella línea de Sartre en donde describe a un hombre francés cruzando la calle en una mañana parisina con su baguette bajo el brazo y el periódico de la mañana doblado en su mano; la sencillez de la escena y su cotidianidad no le impidió recrear una historia donde no era visible una.

Todos deberíamos aprender a contar historias, a reconocer héroes en anónimos cantares colectivos o en transeuntes ensimismados, a rescatar enseñanzas en lo improbable o en el mismo caos de la confrontación ordinaria darle propósito al día y así ofender al olvido.

Chinua Achebe, el escritor nigeriano, decía que las historias que quieren ser contadas necesitan del agitador («el hombre del tambor y la corneta»), el guerrero («que con su lanza hiere y desangra al fluir natural del las cosas») y el contador de historias. Este último le da sentido al grito del primero y el sacrificio del segundo.

¿Cómo? A través de la escritura, la narración, la música o la pintura. Suena un buen propósito para un día que amanezcamos sin él: descubrir una historia, grabarla en nuestra memoria y traspasarla después.

¿Qué tal que el hombre francés use la baguette para blandirla como una espada para defenderse de la insistencia de su arrendador? ¿O que el canto ancestral del pueblo valiente y sabio que repelió la perversión sea manual para más insurrecciones pacíficas?

No hay historia pequeña. Pero si nadie la cuenta, ¿qué le impide al olvido reclamar su presa?

Microcuento

2 Nov 2016

Los restos de la ira

Hola.

La llegada de noviembre me recordó lo que sufres con el frío y las horrendas gripas que te golpearán hasta bien pasado marzo. Espero que estés bien, aunque lejos, lo cual también supongo que está bien.

Nos mudamos, y ahora alternamos la lluvia con el calor en un clima neurótico, tropical.

También te recordé porque ella me trajo ayer una vieja carta de Steinbeck a su hijo, quien le pedía consejo de amor. Y este fue el que le dio: “If it is right, it happens — The main thing is not to hurry. Nothing good gets away.”

La carta era una hoja suelta que sacó de Las Viñas de la Ira, el libro que dejaste y desencadenó todo aquel tsunami de sucesos que la llevaron a dejar de ser mi esposa, continuar siendo tuya sin cargos de conciencia y -suerte para ambos- empezó a ser ella misma. ¡Cuántos años han pasado!

Sé que no apuraste nada, así que creo que es justo contarte que te extraña.

Empezó a llover de nuevo.

Ya te perdoné. Vuelve.

J.

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Microcuento

17 Oct 2016

Deconstrucción

Los vidrios son los primeros que ceden a la implosión, volando como proyectiles hacia la calle. La mampostería se vuelve polvo, la madera se astilla, mientras el hierro se dobla con una queja ruidosa y agónica. Los pernos que salen volando de los refuerzos estructurales no se alcanzan a ver por el polvo que se levanta al caer el edificio.

Así, uno a uno van cayendo como fichas de dominó, rendidos a un automóvil que pasa sin prisa por calles que a su paso también quedan horadadas y maltrechas.

En el auto, una pareja. La cabina tiene su propia presión, y el aire contiene gruesas partículas (visibles, incluso) de emociones condensadas, compactas y dulces. Emociones urgentes, rojas.

Ella en el asiento del copiloto, con la mano de él en las suyas. Mientras lleva a sus labios la mano del hombre que maneja sin concentración ni afán, el mundo a su alrededor va desapareciendo colapsando edificios, doblando árboles y hundiendo andenes. La ciudad no se resiste a su paso, y adentro ninguno de los dos se da cuenta de la existencia del resto del planeta y solo saben sentir lo que allí se respira.

Unos segundos después se ve por el espejo retrovisor la ciudad intacta, que se deconstruye y reconstruye porque es claro que la urbe existe solo para aquellos que hayan elegido verla.

Y ellos, en el auto, no saben de nada exterior. Solo que por segundos se quedan sin respiración, y que el polvo de la deconstrucción se tiñe de emociones urgentes, rojas, y de olor anticipado a saliva.

Hoboken

28 Sep 2016

Hoboken I:45

En el pianissimo del minueto de la obra de Haydn ella debía abandonar la sala.

Ya estaba ensayado: la vería tomar su oboe, bajarlo de los labios y acercarlo a su pecho al ponerse en pie. Haría una leve venia antes de salir por la puerta posterior del escenario.

La seguirían el contrabajo, algunos violines y la viola. Él, por ser primer violín, debía quedarse hasta el final.

No podía evitar ver de reojo la silla vacía y sentirse un poco vacío él mismo. El público murmuraba en predecible desconcierto.

Ese día, estaba avisado, no la volvería a ver y la obra volvería a estar incompleta, como quería su autor.

Era la partitura la “Sinfonía de los Adioses”.


Hoboken I:45 (variación)

En el pianissimo del minueto de la obra de Haydn, los músicos debían empezar a abandonar la sala.

Ya estaba más que estudiado y ensayado: primero saldría el oboe, haría una venia pequeñita y saldría por la puerta posterior del escenario. Le seguiría el contrabajo, algunos violines y la viola.

Ellos dos, por ser violines de primera silla, debían quedarse hasta el final.

Mientras el público murmuraba en predecible desconcierto, y con casi todos los instrumentos de la orquesta puestos en sus respectivos asientos vacíos, ninguno de los dos se sentía solo.

En la partitura, la «Sinfonía de los Adioses».


Notas:

La Sinfonía No. 45 de Haydn, «Farewell», termina en un adagio en el cual cada músico dejaba de tocar, apagaba la luz de su atril y se iba en orden. Al final, solo quedaban dos violines, uno de los cuales regularmente era el mismo Haydn. ⁣

En este pequeño cuento intento recrear una razón para ello.

Está en la página 69 de mi Asalhí. ⁣

La ilustración fue hecha exclusivamente para este cuento por el artista chileno Rafael Andueza. 

Algo curioso: apenas escribí este cuento, publiqué el borrador en mi cuenta de Twitter, y justo al día siguiente ocurrió un terrible accidente en tren en una población con el mismo nombre en New Jersey. Fue muy raro advertir esa coincidencia. ⁣Si sigue leyendo, verá el porqué de lo extraño. 

 

¿Por qué «Hoboken I:45»?

Una tarde cualquiera oía distraídamente un playlist de Frank Sinatra, quien nació en Hoboken, una población de cincuenta mil habitantes a la orilla del Hudson, en el área metropolitana de New York. 

Cuando caí en cuenta que no sabía nada de ese lugar, investigué. Y por cosas de la homonimia y una confusión guglear, descubrí que había un personaje llamado Anthony van Hoboken, musicólogo holandés que trabajó en una nomenclatura de clasificación de obras musicales distinto al esquema cronológico tradicional. Pues don Anthony era versado en la obra del compositor austriaco Joseph Haydn, quien compuso la Sinfonía de los Adioses en 1772, la cual presencié recreada en una sala de concierto de mi ciudad (honestamente no recuerdo qué banda la interpretó).  

En la partitura original está escrito, a mano, «Hoboken I:45». La I indica que es una sinfonía. 

Y bueno, fue una vuelta maravillosa: de un músico excepcional (Sinatra), mi paseo incluyó un nuevo lugar, un musicólogo desconocido, un compositor inmenso y una obra que, sin ser la mejor del austriaco, dio pie para dibujarle un trazo imaginario. Y ahora resulta que también un gato está involucrado.

Microcuento

21 Sep 2016

Gracias

Me levanté como muchas otras mañanas antes del amanecer. La misma rutina: buscar las sandalias con la linterna del teléfono, caminar a la cocina y preparar el café. Un poco de crema dulce fría, porque quién tiene tiempo para un tinto hirviendo, y con el sonido del colador cambiarse para salir a correr.

Un poco de café antes de trotar no cae mal, como muchos piensan. Quita el sabor a saliva de la mañana y es amable con la garganta, a diferencia del corrientazo de una bebida congelada.

La cotidiana pelea con los audífonos enredados posterga el sprint inicial, y lo convierte en una caminata que el cuerpo, aún adormecido, agradece.

Cede la agitación del primer kilómetro a medida que las piernas se desperezan y se estiran y hacen que me olvide de su existencia. Ahora, somos solo la calle, mi respiración y una pequeña mamá guatín que acompaña en el humedal a sus hijos a la espera del transporte escolar. Alcanzo a ver cuatro, pero ya voy rápido y los pierdo de vista. Quién sabe cuántos serán.

Ya amaneció.

Al llegar de nuevo a casa, extenuado… digo bajito, para que si pasa alguien no me crea loco:

“Gracias por acompañarme hoy”.

21 Sep 2016

Automatizando la cotidianidad para facilitar la innovación

Hay cientos de procesos que uno lleva a cabo exitosamente en solo un día, y su éxito nos pasa desapercibido: nos levantamos a la hora precisa, desayunamos sin envenenarnos, nos dirijimos a nuestro trabajo sin contratiempos, trabajamos… el día a día (que no los días extraordinarios) están llenos de cotidianos éxitos que hemos logrado automatizar, por lo que no celebramos ninguno de ellos. Y es obvio: si no automatizaramos gran parte de nuestra vida todo lo nuevo que viene sería muy difícil de procesar.

En el mundo empresarial no es distinto: si no logramos automatizar con consistencia nuestras interacciones con los clientes, la creación de nuevos productos o la implementación de nuevas ideas estará truncada siempre. Así como no necesitamos fijarnos todos los días en la cantidad de pasta de dientes que hay porque tenemos un proceso de aprovisionamiento funcionando cada cierto tiempo, no deberíamos tener que estar preguntándonos, por poner un ejemplo, por la calidad del producto que hacemos llegar a nuestros clientes/jefes. Hay sistemas de alertas tempranas que nos avisan tanto en la cotidianidad de nuestra vida como en el entorno empresarial: si la pasta de dientes ya está quedándose vacía, buscamos si quedan en el gabinete y en caso de que no, anotamos en un post-it; igualmente, si en un sistema de encuestas automatizado a nuestros clientes como parte de nuestra estrategia post-venta vemos que hay más caritas tristes que caritas felices, algo hay que revisar.

La implementación de estos sistemas de alertas tempranas son críticas actualmente, sobre todo si proveemos servicios o productos donde el éxito está medido en el volúmen de replicación de ellos. ¿Cómo pretendemos ampliar una base de clientes si no sabemos cómo les está llendo a aquellos que hemos venido atendiendo? ¿Cómo pensar en lo nuevo si lo viejo no sabemos si funciona bien?

Esto debería estar en el corazón de los estrategas de la empresa: automatizar sistemas de alertas que nos permitan reaccionar a tiempo.

En Actualícese hemos venido implementando estos esquemas desde hace más de una década, con una revisión de trescientos sesenta grados anual. Hemos creado un inventario de puntos de contacto con nuestros clientes (página web, call-center, entregas de material impreso, envíos de correos masivos, envíos de email, SMS, grupos de Whatsapp, conferencias presenciales…) en donde buscamos maximizar la agregación de valor en la medida de lo posible.

Por ejemplo, cada aniversario de un usuario en nuestra comunidad es celebrado. Esa es una oportunidad para mercadear nuestras suscripciones. Y cada entrega de una factura nos da el chance de darle un beneficio de un patrocinador. Ahí hay una oportunidad para el equipo que vende pauta. Y cada llamada de soporte nos permite entender más al cliente. El equipo de Innovación está pendiente de estas llamadas y los analistas de Control Interno chequean las oportunidades de mejoramiento.

Lo mejor es que todo esto está automatizado. Aquí aplico la máxima de uno de mis profesores de la universidad, quien decía «el mejor programador es el programador perezoso: como no quiere repetir siempre lo mismo, crea una sola vez un algoritmo que prevee todas las posibilidades para no tener que estar iterando». Cuánta razón tenía.

Automatizar la cotidianidad facilita la innovación. Si nuestra vida personal depende de procesos que ya hemos logrado sistematizar, ¿por qué no darle un chance a ello en la vida empresarial?

Yo lo he hecho. Y lo he agradecido. Si no, no tendría tiempo para escribir esto.

13 Sep 2016

Carta para tí

Esta es una nota personal que escribí a mis hijas en navidad…
———————————————

Sé que es necesario dejarte algo en caso de que falte: algo sustancial, no solo cosas; no puedo postergarlo hasta mi vejez ni arriesgarme a irme antes de tiempo sin decirlo, así que aquí va…

Sé generosa. La generosidad es el desprendimiento de lo que posees y controlas, sea material o inmaterial. Sé generosa con todos y con todo: con tu tiempo, con tu amor, con tu dinero, con tus pertenencias. Seguro te sorprenderá ver que mucho de lo que has dado encontrará su camino de vuelta a ti.

Sé tolerante. La tolerancia es el desprendimiento del «tener la razón». Para aplicarla, usa la regla de oro… haz con los demás COMO QUISIERAS que hicieran contigo. Es muy distinto al “haz con los demás como han hecho contigo”, que es vengativo y no te queda. Recuerda: haz COMO QUISIERAS que hicieran contigo. Verás cómo cada ser humano es un universo en sí mismo, y te pondrás en sus zapatos. Como bono, la tolerancia te dará serenidad y atraerá como un imán la buena vibra de los demás.

Sé compasiva. La compasión es el desprendimiento de la gente porque das sin importar si lo merecen o no; la gente no va a intervenir en tu voluntad de ser buena con ellos… es la unión entre la generosidad y la tolerancia en su forma más feliz. Pero también recuerda ser compasiva contigo misma, pues así serás alguien a quien tú misma querrás querer. Tu amor propio se forjará sobre una base sólida, la condición suficiente y necesaria para ser amada.

Generosidad, tolerancia y compasión: eso te puedo dejar.

Lo demás, créeme, no será importante.

Microcuento

13 Sep 2016

Mercurio

«Es mercurio inhalado,
detonando terminales nerviosas y aterradas,
destapando sinapsis ya pavimentadas.

Es una bola termosensible deshaciéndose,
reformándose y rearmándose
una y otra vez.

Es Hermes desbordado,
borracho, confundiendo todo.
Es Hermes El Ladrón,
de mi tiempo y de mi hambre,
el mercurio retrógrado que replantea-reconstruye-y-revisa
lo planteado-construído-y-revisado,
una y otra vez.

Pero sobre todo
es el mercurio con perihelio trastocado,
con el fantasma de Vulcano
–que sí existe, que Einstein reviva
y vuelva a morir por desvirtuarlo–
torciendo su centro hacia la incandescencia.

Son trescientos sesenta grados
de calor y de inclinación
calentándose a cero y girando sobre sí,
una y otra vez.
Una y otra vez.»

 


Notas: 

  • En un texto más amplio en el que trabajé (y abandoné), esta es la respuesta de un hombre a su psicoanalista a la pregunta “¿Cómo describiría a la mujer que lo tiene en ese estado de ansiedad?”
  • Mercurio es todo: droga, medida, dios pagano, personaje zodiacal, astro, temperatura.
  • Curiosidad que no sé para qué sirva: la existencia de Vulcano y el perihelio trastocado de Mercurio están fundamentados en una anomalía astronómica que se resolvió con la Teoría de la Relatividad. Es una historia muy interesante. Google it!
Microcuento

30 Ago 2016

Del origen del amor

El hombre, completamente desnudo, sigue armando montoncitos de piedras en el río, ajustando cada una hasta crear una pequeña escollera. Con el pasar de los minutos espanta la corriente para empezar una charca cristalina.

Así pasa sus días el hombre de facciones aindiadas, cabello lacio con corte mohicano y el rostro delicadamente pintado con figuras en negro wituk.

Con cada pocito que crea en algún lado del mundo nace un amor y con cada dique vencido vierte una lágrima que hace crecer el río.

Por eso a las charcas que quedan se les llaman, como a los amores serenos, remansos.

Y por las que se deshacen, el río crece, haciendo de su vida una eterna reconstrucción.

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11 Jul 2016

¿Cuánto pagarías por mi producto?

Preguntar «¿Cuánto pagaría usted por mi producto/servicio?» no es una buena idea. Son muchas y obvias las razones, empezando porque nadie quiere confesar que pagaría mucho justamente a quien lo produce.

Estas cuatro preguntas pueden ayudar a modelar el precio…

  1. ¿A qué precio empezaría a sentir que el producto es MUY CARO para considerar su compra?
  2. ¿A qué precio empezaría a sentir que el producto es TAN BARATO que cuestionaría su calidad y no consideraría comprarlo?
  3. ¿A qué precio empezaría a sentir que el producto EMPIEZA A SER CARO pero igual lo consideraría?
  4. ¿A qué precio pensaría que el producto ES UNA GANGA – un valor importante por el dinero invertido?

 

Microcuento

28 Jun 2016

Coma

– ¿Y mi esposa? Díganme ya, ¿quiénes son ustedes? ¿por qué estoy en este hospital?

– Es normal que esté desorientado, ya llamamos al doctor.

– Mis hijos… ¿cómo están?… necesito un teléfono, un tel…

El pequeño volvió a dormirse, sedado por la potente solución intravenosa que le acababan de inyectar a la línea de suero que iba a su brazo derecho.

Con solo diez años, un golpe fuerte en su cabeza al caer de su bicicleta lo dejó en coma por un largo par de meses.

Lo interesante de su caso fue la alucinación: soñó cuarenta años de vida en ese corto tiempo. Fue drogadicto, buen estudiante, mal esposo de su primera esposa, exitoso empresario, enamorado y ejemplar cónyuge de Lynn, la madre de sus dos hijos, Sara y Manuel… fueron cientos de historias con miles de detalles las que contó en tono pausado, maduro, aunque con un dejo de angustia, al estupefacto equipo médico que lo auscultó los siguientes meses.

Nunca recuperó la felicidad. “Lynn, Sara, Manuel…”, no dejó de repetir el niño en un pequeño llanto cada noche antes de dormir.

Microcuento

27 Jun 2016

Deseo

Creo que no han pasado más de diez años desde cuando sé que puedo leer la mente de las personas. Bueno, no leer-leer; digamos que me entero inmediatamente, al mirarlos a los ojos, de sus deseos y expectativas.

Obviamente le he sacado todo el partido que he podido, ya se podrá imaginar. Ese extraño privilegio sumado a mi nulo respeto al concepto de moralidad me ha dado fortuna, poder y sexo, en iguales proporciones. “¿Cómo puedo ser tan afortunado?”, me pregunto todas las mañanas.

Hasta hoy.

Camino a casa, acompañado de una hermosa mujer, me topé con un anciano; me pidió una limosna, y sin pensarlo le tiré un dólar en su sombrero.

“Muchas gracias, le deseo todo lo mejor en su vida”, dijo.

Lo miré a los ojos y ví que, realmente, me deseaba todo lo mejor en mi vida.

Y era una vida sin este poder.

Microcuento

20 Jun 2016

Veinte años de sueño

En la renegociación de términos, pactada cada tres milenios, los dioses y los hombres no llegaron a ningún acuerdo. Los últimos decidieron no ceder en el libre albedrío otorgado en el concilio anterior; por ello los primeros cambiaron, como era su derecho, el mecanismo de la muerte.

Hace dos eras el hombre vivía centenares de años, pero con dioses encarnados. En la última era, con ellos confinados a la bóveda celeste y al tártaro hirviente, el hombre vivía menos pero con arbitrio sobre sí. El mecanismo de muerte era la mera casualidad o la implacable causalidad.

La negativa a ceder fue castigada por los dioses de una forma cruel: el hombre podría dormir solo veinte años desde su nacimiento. Al finalizar ese plazo, cerraría los ojos para no despertar y solo una inmensa nada le esperaría, sin importar si hacía el bien o el mal en los periodos de vigilia.

Como bien se sabe, esto no le salió bien a ninguna de las partes.

 


Nota:

Según Harari, estamos a pocos años del nacimiento del primer hombre bicentenario, y antes de finalizar el siglo nacerá el primer humano amortal.

Los amortales, a diferencia de los inmortales, pueden morir, pero no a causa de la enfermedad o la edad, sino por heridas fatales o su propia mano.  Es que el tema de nuestra longevidad se me hace el resultado de capricho cósmico.

¿Por qué la bioquímica de nuestro deterioro celular nos concede cien años, y no mil?

Este cuento, como varios otros de mi Asalhí, explora otros mecanismos, en un guiño esotérico in extremis,  suponiendo que podríamos negociar nuestro mecanismo de muerte. Y esta es mi propuesta… 

Microcuento

19 Jun 2016

Lapérouse

Ciento cuarenta y cuatro personas sobrevivieron a la tormenta que hundió al Lapérouse. De ellos, sesenta y dos eran esclavos africanos recién negociados (“al mejor precio que Francia ha conseguido en su historia”, alardeaba Jean Galaup, su capitán).

La Île de la Jambose, como le llamaron por el único árbol y vestigio de verde que había en sus tres mil metros cuadrados, dio alimento, sombra y sepulcro a sus habitantes. Los primeros tuvieron la fortuna de ser enterrados entre las raíces sobresalientes; otros fueron arrojados al mar, y los últimos fueron devorados por sus ahora salvajes moradores.

Quedaban veintidos cuando llegó el mismísimo Conde de Lapérouse a rescatarlos, tras dos años de búsqueda de su más preciado navío y su valioso cargamento de carne humana cautiva, del cual solo quedaba Kubakwa, una esclava que servía de depositario de simiente de veinte hombres urgentes y abatidos, y Aibu, un crío de cien padres casi todos muertos ya.

Sin alegría, subieron al navío que los regresaría a casa. A Kubakwa la  dejaron debajo del árbol de pomarrosa y a Aibu lo lanzaron al segundo día por la borda.

De ciento cuarenta y cuatro personas, veinte sobrevivieron, pero ninguno con rastros de humanidad.

Kubakwa y Aibu se volverían a ver seis años después, pero esa es otra historia.

 


Nota: hay una segunda parte. 

Microcuento

8 Jun 2016

Manejar ebrio: good call

El agente de policía respondió al llamado cuando le asignaron el accidente de la calle 42. Al llegar vio un auto destrozado con su única víctima fatal, el conductor, sosteniendo en la mano derecha una botella de alcohol.

Que salió hace unos minutos del bar de la esquina… que armó una pelea… que es vecino de la zona… que perdió su empleo hace años y vive del seguro… parece que se llama F… es una escoria social… pobre niña que lo espera en casa. Esos y algunos más fueron los testimonios que recogió el agente. Decidió que su lugar no era ahí, y se dirigió a la dirección del muerto.

“Ábreme, nena”, dijo el agente a la pequeña niña, hija del occiso. La casa estaba en ruinas, con basura hasta cincuenta centímetros del suelo; la niña, de unos seis años, se abrió paso entre la suciedad para abrir la puerta. Su cara tenía moretones. Evidentemente, estaba desnutrida.

Era increíble, pensó el agente, que borracho como estaba, F había tomado la mejor decisión para él y para su hija al salir a conducir en su estado esa noche.

Microcuento

31 May 2016

Croac

Al acercarse a la princesa, el sapo dijo:

“Dame un beso y me convertiré en un apuesto príncipe”.

La bella princesita recién se había graduado con mención Summa Cum Laude en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Georgetown por su tesis “Sobre los Efectos Especulativos en los Mercados Ante la Aparición de Fenómenos Anómalos Previstos en Escrituras Religiosas y Creencias Populares: un Análisis Histórico, Estadístico y Econométrico”.

Claramente, estaba frente a una de las anomalías que tanto había estudiado y sabía exactamente lo que debía hacer: tomó al sapo en sus manos y lo estrelló fuertemente contra el piso.

Todavía aterrada, pero aliviada, se sentó en una banca a contemplar el cadáver del potencial príncipe.

“De la que nos salvamos”, suspiró en voz baja.

Microcuento

24 May 2016

Del significado

Antes de salir Asalhí limpió  el color de témpera de las uñas de su hijo. Con un beso en la frente, e intentando no despertarlo, apagó la luz. Bajito dijo “Te amo, Enam”. Enam, que significa “regalo de Dios”.

En ese momento vibró su celular. En la pantalla el mensaje que esperaba: Ayo (cuyo nombre significa “felicidad”) estaba afuera esperándola. De estar enternecida por ver a su hijo durmiendo, pasó a sentirse intoxicada por la ilusión y la lujuria.

¿Quién habría decretado que la palabra “amor” tiene que dar significado a dos sentimientos tan distintos?’

Tal vez es como las antípodas, que viven en distintos hemisferios pero pertenecen al mismo planeta.

Asalhí bajó las escaleras y subió al auto.

Asalhí, que significa “en donde lo improbable coincide”.

Microcuento

23 May 2016

2050

Siguiendo las recomendaciones de Piketty (aunque unas cuantas décadas tarde), el país decidió implementar un impuesto del noventa por ciento a la herencia (“un tributo confiscatorio a favor del estado”, decían las voces oligarcas en protesta).

Recobrando el pilar fundamental del capitalismo, según el cual este es el sistema económico en donde se premia el “merecer” más que el “tener”, se eliminaron todos los tributos a la transaccionalidad (porque una transacción supone un traspaso de mérito) y se aumentaron fuertemente los gravámenes que se aplicaban la posesión (el “tener”): el impuesto al patrimonio y la herencia fueron los más emblemáticos.

Lo que no se les ocurrió a los genios filósofos es que esto se diera justo en el momento en que el ser humano descubrió cómo auto-replicarse.

Ahora, los ricos pagaban fuertes sumas de dinero para replicarse genéticamente, así que técnicamente no morían, y por tanto no heredaban a nadie y no debían pagar ningún impuesto al estado.

Así, seguirán siendo ricos, por el tiempo que les dé la gana.

Piketty se revolcaría en su tumba, si no fuera porque aún vive en un avatar, con las regalías de sus libros intactas y lejos del impuesto a la herencia.

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Soy Juan Fernando Zuluaga, empresario colombiano en la industria del conocimiento y la tecnología (y últimamente en el sector cultural y gastronómico). Escribo sobre vida empresarial, innovación, mercadeo, algo de arte y muchos cuentos.

Aquí está mi última compilación de cuentos.

En este lugar pongo mis notas: ideas de negocio, pensamientos en borrador, pedazos de ensayos, citas a trabajos de otros y pequeños relatos (publicados y sin publicar).

Si le gusta un cuento, por favor cuénteme por alguna red social; o si alguna idea de negocios le produce dinero, me debe un café. En eso soy irreductible.

Aquí hay una reseña más amplia.


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Juan Fernando Zuluaga C. - Director Ejecutivo de Actualícese - Centro de Investigación Contable y Tributaria